sábado, 20 de septiembre de 2014

"La marioneta" + Resumen de la historia de la lobotomía

Hoy os traigo un relato muy turbio, pero no tanto como los datos reales en los que se basa. Hablo de la lobotomía: una especie de "operación cerebral" cruel e irracional que se empezó a practicar a manos del neurólogo Antonio Egas Moniz en 1935. Esta práctica consistía en cortar las conexiones entre el lóbulo frontal y el tálamo. De esta manera se buscaba eliminar todas o parte de las emociones y que así el paciente se mostrase más sumiso y amable.
En 1936, el psicólogo (exacto, ni siquiera era médico) Walter Freeman introdujo la popularizada "lobotimía de pica-hielos", que consistía en introducir un instrumento similar a un pica-hielos desde algo más arriba el lagrimal, golpeandolo con un martillo de caucho para perforar el cráneo y llegar al cerebro y así practicar de manera rápida (tardaba unos 10 minutos por operación) y económica esta barbarie. Este "hombre", si se le puede llamar así, llegó a practicar más de 20 lobotomías al día.
¿Qué pacientes eran "tratados"? La respuesta es simple: personas con o SIN enfermedades o trastornos mentales. Es decir, gente a la cual, en mi opinión, querían quitarse de en medio. Algunos casos comunes eran, entre otros, la esquizofrenia, la depresión o la ansiedad; no obstante, también se practicó en comunistas, homosexuales o incluso en niños pequeños por masturbarse, por tener cambios de humor, etc.
Se estima que se practicaron de cerca de 50.000 lobotomías entre 1935 y 1967, año en el cual se practicó, en teoría, la última lobotomía.

Uno de los casos más conocidos es el de Rosemary, hermana del expresidente John F. Kennedy, la cual tenía, al parecer, "cambios de humor y una personalidad agitada". A los 23 años quedó lobotomizada y, por consiguiente, con una mentalidad infantil y una frecuente mirada perdida.

Este es un pequeño resumen explicativo para quienes no conozcan esta práctica y que, por desgracia, pese a que algunos medios digan que no, se sigue practicando en algunos países (o al menos eso he leído). Espero haberlo explicado con claridad y no haber metido muchos fallos puesto que he intentado documentarme lo máximo posible del tema.
Dicho esto, os dejo con mi relato y crítica.
Espero que os guste. Gracias por leer.

The Raven

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LA MARIONETA

¿Cuál es el verdadero significado de la vida? ¿Cuál el objetivo de vivirla? -me preguntaba sentado en el sillón de purpúreas telas, a la luz de las velas, en el gran salón, mientras una a una iban surgiendo las notas que el gran virtuoso del violín Niccolò Paganini había compuesto en su Capricho 24, como escapándose de mi vieja gramola. Desesperado por hallar una buena idea para mis escritos en proceso cerré los ojos con fuerza y respiré hondo. De pronto alguien llamó a la puerta de mi humilde apartamento y, levantándome con aire cansado, alcé la voz para que mi recién llegado interlocutor me escuchase con claridad.
—Adelante, está abierto.
Entonces una bella joven apareció, haciéndome así recordar el sentido que tiene la vida. No quise saber su nombre, ni su edad, ni cómo era su carácter o personalidad. Al momento una sonrisa pícara se dibujó en mi rostro. Las ideas renacieron en mi cabeza. Sentí como fluía una tras otra, como mariposas revoloteando en un día de sol tras semanas de tormenta.
—¿Es el  señor Smith? —dijo con voz dulce y un acento afrancesado muy marcado.
—El mismo —contesté acercándome con sigilo, como el temido rey de la selva cuando acecha a su presa.
—Se rumorea que es usted un escritor de gran talento. Me envía el dueño de la editorial Allan's. Estamos interesados en su trabajo.
—Claro, pase —dije acercándome a la puerta y cerrándola con llave aprovechando el aparente ensimismamiento de la joven— ¿Le apetece tomar un té? Acostumbro a conocer a mis socios antes de cerrar un trato… siempre que les guste mi trabajo, por supuesto —dije con la voz temblorosa, riendo por lo bajo con nerviosismo sin poder evitarlo. Estaba excitado tras el despertar de la inspiración que durante tantísimo tiempo me había abandonado. Mi ilusión por la escritura renacía como lo hace el ave fénix de sus propias cenizas tras haber perecido.
Le ofrecí una silla donde sentarse y me dirigí a la cocina, ya sin compañía, con el tronco muy erguido, probablemente llegando incluso a sobreactuar, quién sabe... Pero ¿a quién le importa? A mí, desde luego, no. Busqué en el armario de la cocina un par de tacitas con sus platos respectivos. Tal era mi infantil excitación que no pude evitar derramar alguna que otra gota de agua al preparar el té. No tenía ya poder sobre mis miembros, pues mis manos temblaban, haciendo repiquetear las tazas sobre los platos de pulida porcelana, blanca, lisa, suave... Tal y como su piel, esa piel que ansiaba con tanto ahínco, esa misma que debía permanecer en mi descuidado apartamento, aquella que era igual a la de los dioses y que purificaba todo a su paso... Diluí en el contenido de su taza dos pares de pastillas contra el insomnio, enemigo cruel de todo escritor desesperado. Dos la dejarían somnolienta, pero con cuatro me aseguraría de que el efecto sería efímero y, por supuesto, eficaz. Di un trago a la copa de coñac a medio terminar que yacía en la encimera y me dirigí nuevamente a la sala de estar, donde me esperaba mi musa, mi alma en cuerpo de divina mujer.
—Supongo por su acento que no es de Inglaterra, ¿me equivoco?
            —Nativa de Francia. Mi marido y yo nos trasladamos aquí por cuestiones de trabajo —comentó distraída mientras abría una libreta a rebosar de papeles sueltos, los cuales luchaban fuertemente entre sí por salir de la misma.
Posé con delicadeza la bandeja que cargaría con el peso de mi traición y le acerqué su taza, cogiendo yo la mía para no resultar demasiado sospechoso.
Continuamos charlando hasta que, por fin, la venció el sueño. La llevé en brazos a mi despacho, la senté en una silla y la até. Acto seguido cogí mi pluma y comencé a escribir. Solo necesitaba mirarla durante un instante para reproducir cada uno de mis pensamientos y brillantes ideas al papel. Cuando llegué al clímax de la historia noté como mi invitada se despertaba. Su respiración comenzó a acelerarse. Sabía que no debía retenerla y la hubiese soltado de no ser porque los celos y el deseo de escribir una buena historia me estaban volviendo loco. No dejé que hablase, estaba asustada y eso me apenó, aunque a la vez me inspiró una vez más para escribir algo nuevo. Me acerqué despacio para no asustarla.
—Buenos días, pequeña. ¿Qué tal has dormido? —dije sonriendo mientras le ponía cinta adhesiva en la boca. No podía permitir que me delatase. Ya no importaba lo que ocurriese después: iba a terminar mi novela pasase lo que pasase.
No quería verla sufrir, por lo que decidí llamar a un viejo amigo dedicado a la neurología en un manicomio local que podía ayudarme por un módico, o no tan módico, precio. ¿Legal? ¿Ilegal? ¿Moral? ¿Inmoral? ¿Quién sabe? ¿A quién le importa? Una sencilla operación acabaría con toda emoción que pudiera apoderarse de ella.
Por suerte, Jacob Bly se encontraba en la ciudad en el momento en que lo llamé y no tardó en llegar, apenas unas horas... ¿o fueron días?, fuese cuanto fuese, transcurrieron lenta y amargamente, especialmente para mi musa o ¿por qué no decirlo?: diosa.
Cuando Bly hubo llegado a mi morada, sabiendo ya de lo que se trataba, me advirtió del riesgo que conllevaría llevar a cabo dicha operación sin haber sido tratada mi nueva compañera por un médico especializado en la materia.
—Una lobotomía solo debe realizarse como último recurso —me explicó— Puedo mover hilos para que sea aparentemente legal... o podemos mantenerlo en secreto... Pero, decidas lo que decidas, yo no he hecho nada, ¿entendido? Si algo de esto sale de aquí, yo mismo me encargaré de hacer de tu vida un infierno.

Jacob Bly era realmente desconfiado, además de precavido y, sobretodo, siempre cumplía sus promesas (en especial cuando le convenía). Dicho de otra forma, mientras te sobre el dinero, Bly es tu hombre.
Esa misma tarde ultimamos los detalles. Fue un trato efímero y, como era de esperar viniendo de Jacob, no barato precisamente. No obstante, la suma a la que ascendía el encargo sería, a mi modo de ver, una buena inversión de futuro. Aquella joven cuyo nombre seguí prefiriendo ignorar estaría conmigo para siempre, inspirando mis historias hasta el día en que mi voz tintada en papel se desvaneciese por completo.

—Es la hora —dijo el doctor mientras sostenía con su mano izquierda un instrumento quirúrgico similar a un picahielos mientras con la otra sujetaba una especie de martillo - Me llevará apenas cinco o seis minutos.

Salí de la habitación. No me hacía especial ilusión asistir a la operación. No tengo buen estómago para estas cosas, así que dejaría al doctor trabajar con tranquilidad. Al cabo de unos minutos pude comprobar que no mentía al hablar de la brevedad de su realización. Salió con paso firme, contando el dinero que había dejado sobre la mesa para ajustar cuentas con él y asintió, sonriendo de medio lado.
—Listo. Puedes pasar, te garantizo que no volverá a darte problemas.


No veía el momento de entrar. Avancé unos metros y aparté a Bly casi de un empujón, sonriendo ámpliamente. Me detuve de golpe en el marco de la puerta, desechando toda muestra de alegría de mi rostro. Allí estaba ella, sin indicio alguno de intento de lucha ni de huída, con mirada distraída, muda, pálida... No había sentimiento alguno en su mirada, perdida como mi alma. Las ideas se desvanecían, la inspiración amarga de mi musa, mi obra inacabada, mi vida malparada...

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